Era tu padre. Le veías más joven incluso que antes de su muerte. Te miraba radiante y sonriente, al otro lado de la calle, con ese gesto que solía poner cuando eras niño y te iba a recoger a la salida del colegio cada tarde a las 5. Lógicamente, te quedaste anonadado, incapaz de entender qué estaba pasando, y no te paraste a mirar en el semáforo rojo, ni en que un autobús derrapaba bruscamente en la curva y se abalanzaba sobre ti inconteniblemente. Ya inmóvil, volviste tus ojos hacia él, y comprendiste que había sido un buen padre y te había venido a recoger, una vez más.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario